Los nuevos resultados muestran una caída preocupante en lectura y matemáticas. Más allá de los puntajes, hay una conversación que quienes enseñamos no podemos dejar pasar.

Esta semana se publicaron los resultados de PISA 2025 y hay un dato que debería llamarnos la atención a todos los que trabajamos en educación.
El desempeño de los estudiantes continúa cayendo.
Más de 760.000 jóvenes de 15 años, provenientes de 91 países y economías, participaron en esta edición. En los países de la OCDE, los resultados promedio en lectura y matemáticas llegaron a sus niveles más bajos desde que se realiza PISA.
Y hay un dato todavía más preocupante: uno de cada cinco estudiantes presenta un bajo desempeño al mismo tiempo en lectura, matemáticas y ciencias.
En 2022 era el 16 %.
Es fácil mirar estos resultados y empezar inmediatamente a buscar responsables.
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- La pandemia.
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- Las pantallas.
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- Los celulares.
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- Las redes sociales.
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- La inteligencia artificial.
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- Las familias.
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- Los sistemas educativos.
Seguramente tendremos que hablar de todos ellos. Pero quienes enseñamos podemos comenzar por una pregunta mucho más cercana:
¿Qué está pasando con nuestra forma de aprender y de enseñar?
Leer no es solamente pasar los ojos por un texto

Uno de los resultados que más me llamó la atención tiene que ver con la lectura.
Los datos muestran una caída importante en el desempeño lector y la OCDE señala que el aumento del tiempo frente a las pantallas y la disminución de la lectura por placer aparecen asociados con resultados más débiles.
Creo que muchos docentes hemos percibido algo parecido en nuestras aulas.
- Cuesta terminar una lectura larga.
- Nos distraemos con facilidad.
- Saltamos rápidamente de un contenido a otro.
- Queremos encontrar la respuesta antes de terminar de comprender la pregunta.
Y digo “nos” porque esto no les ocurre solamente a nuestros estudiantes.
También nos pasa a los adultos.
Vivimos rodeados de estímulos. Revisamos un mensaje mientras escuchamos una reunión, abrimos una notificación mientras leemos y vemos un video mientras respondemos el correo.
Nuestro cerebro intenta adaptarse a esa dinámica.
Pero aprender sigue necesitando algo que cada vez parece más difícil de conseguir:
atención.
Entonces, ¿el problema son las pantallas?

No sería justo llegar tan rápido a esa conclusión.
La tecnología también nos ha dado posibilidades extraordinarias para aprender.
Tenemos acceso a bibliotecas, simuladores, videos, cursos, expertos y herramientas que hace pocos años eran impensables.
El problema parece estar más en cómo las utilizamos.
Y ahora tenemos un nuevo actor en esta conversación: la inteligencia artificial.
- Una IA puede resumir un texto que no queremos leer.
- Puede resolver el ejercicio que todavía no entendemos.
- Puede escribir una respuesta que nosotros no sabríamos explicar.
- Puede incluso hacernos sentir que comprendimos algo simplemente porque la respuesta que recibimos parece clara.
Entonces aparece una pregunta que me preocupa especialmente como docente:
¿Qué pasa cuando empezamos a utilizar la tecnología para evitarnos precisamente el esfuerzo que necesitábamos hacer para aprender?
Tal vez necesitamos volver a hablar de cómo aprende el cerebro

Aprender no es acumular información.
Nuestro cerebro necesita trabajar con ella.
Necesitamos relacionar lo nuevo con lo que ya sabemos, recuperar información de nuestra memoria, equivocarnos, volver a intentar, comparar alternativas, explicar con nuestras propias palabras y aplicar lo aprendido en situaciones diferentes.
Y todo eso requiere participación.
Por eso podemos tener una presentación maravillosa, una plataforma llena de recursos y una explicación impecable y, aun así, no conseguir que ocurra aprendizaje.
Quienes enseñamos conocemos esa sensación.
Terminamos la clase pensando: “Lo expliqué clarísimo”.
Y en la siguiente sesión hacemos una pregunta sobre el tema.
Silencio.
Probablemente todos hemos vivido ese momento alguna vez.
PISA también debería hacernos mirar nuestras clases

Los resultados de PISA seguramente abrirán debates sobre políticas educativas, inversión, currículos, tecnología y responsabilidades familiares.
Son discusiones necesarias.
Pero hay una parte sobre la que nosotros, como docentes y formadores, podemos actuar desde mañana.
Podemos mirar las actividades que proponemos.
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- ¿Cuánto tiempo hablan nuestros estudiantes y cuánto hablamos nosotros
- ¿Cuánto tienen que recordar, explicar, relacionar o resolver?
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- ¿Nuestras preguntas requieren pensar o solamente encontrar información
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- ¿Estamos dejando espacio para equivocarse?
- ¿Les pedimos aplicar lo aprendido a situaciones nuevas?
Y ahora tenemos que añadir otra:
¿Esta actividad puede resolverla una inteligencia artificial sin que el estudiante necesite comprender el tema?
Si la respuesta es sí, quizá no tengamos que prohibir inmediatamente la herramienta.
Quizá primero tengamos que revisar la actividad.
Una pregunta para nuestra próxima clase

Los resultados de PISA 2025 son preocupantes.
Pero también pueden servirnos para conversar sobre algo que va mucho más allá de una prueba internacional.
Estamos viviendo una transformación profunda en la manera en que accedemos a la información, leemos, nos concentramos y aprendemos.
La tecnología seguirá avanzando.
La inteligencia artificial también.
Nuestro reto no debería ser competir contra ellas.
Nuestro reto es conseguir que, en medio de toda esa tecnología, las personas sigan pensando, preguntando, comprendiendo y aprendiendo.
Así que antes de nuestra próxima clase podríamos hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Qué voy a hacer para que mis estudiantes no solamente reciban información, sino que tengan que hacer algo con ella?
Quizá podamos empezar por ahí.
En Trascender creemos que enseñar también implica seguir aprendiendo sobre cómo aprenden las personas.
En nuestro curso Formador de Formadores con Bases de Neurociencias abordamos precisamente ese desafío: comprender mejor los procesos de atención, memoria y aprendizaje para convertirlos en decisiones concretas al momento de diseñar una clase o una capacitación.